Most legal problems aren't really legal problems
En los primeros años de mi carrera estaba convencido de que mi trabajo consistía, fundamentalmente, en responder preguntas legales. Analizar un contrato, interpretar una norma, identificar un riesgo o encontrar la mejor estructura jurídica para una operación. Era una mirada lógica para alguien formado en Derecho: si el problema llegaba al área legal, entonces debía ser un problema legal.
Con el tiempo descubrí que esa premisa rara vez era cierta.
Las consultas seguían llegando con forma de contrato, de regulación, de conflicto o de cumplimiento normativo, pero detrás de esa superficie casi siempre había otra conversación. La verdadera discusión no era jurídica. Era una discusión sobre prioridades, sobre incentivos, sobre velocidad de ejecución o sobre cómo avanzar cuando ninguna de las alternativas disponibles era perfecta.
Ese cambio de perspectiva modificó por completo mi forma de ejercer la profesión. Dejé de pensar que mi principal responsabilidad era encontrar la respuesta jurídicamente correcta y empecé a entender que mi verdadero trabajo consistía en ayudar a que la organización pudiera tomar mejores decisiones.
La diferencia puede parecer sutil, pero cambia todo. Un abogado entrenado exclusivamente para interpretar el derecho suele formular una pregunta: ¿qué permite la ley? Esa pregunta es indispensable, pero casi nunca alcanza. Las empresas no toman decisiones en un laboratorio donde existe una única respuesta correcta. Deciden con información incompleta, bajo presión, con recursos limitados y con objetivos que muchas veces compiten entre sí.
El derecho deja entonces de ser el fin y pasa a ser una herramienta para tomar decisiones con mayor claridad.
Con los años también entendí que la función legal no existe para eliminar el riesgo. Ninguna organización puede operar sin asumir riesgos, y pretender lo contrario suele conducir a la parálisis. El verdadero valor de un abogado está en ayudar a distinguir qué riesgos vale la pena asumir, cuáles pueden mitigarse y cuáles simplemente no son compatibles con los objetivos de la organización.
Esa mirada transforma también la conversación entre el negocio y el área legal. En lugar de limitarse a responder “no se puede”, el abogado pasa a explicar cuáles son las alternativas disponibles, qué concesiones implica cada una y cuáles son las consecuencias probables de cada camino. La conversación deja de girar alrededor de prohibiciones y empieza a centrarse en decisiones.
Después de más de veinte años trabajando en la intersección entre derecho, tecnología y negocios, esa es probablemente la conclusión más importante a la que llegué. La mayoría de los problemas que terminan en un escritorio jurídico nunca fueron realmente problemas legales. Son problemas de decisión, de ejecución y de alineamiento entre personas con objetivos distintos. El derecho sigue siendo una herramienta indispensable, pero rara vez es el destino final. Casi siempre es el lenguaje a través del cual las organizaciones intentan resolver problemas mucho más complejos.