Por qué los mejores abogados no empiezan diciendo que no

20 de julio de 2026 · 2 min de lectura · Derecho

Existe un estereotipo bastante instalado sobre los abogados corporativos. Se los suele describir como el departamento que demora las decisiones, el que encuentra problemas donde los demás ven oportunidades y el que aparece al final de una reunión para explicar por qué algo no puede hacerse.

Es una caricatura, pero como ocurre con muchas caricaturas, tiene algo de verdad.

Sería cómodo atribuir esa imagen a un prejuicio del resto de la organización. Sin embargo, creo que en gran medida la construimos nosotros mismos.

La formación jurídica está diseñada para entrenarnos en una habilidad muy específica: identificar riesgos. Desde los primeros años de la carrera aprendemos a detectar contingencias, interpretar normas, anticipar conflictos y analizar las consecuencias de una decisión. Es una formación extremadamente valiosa. El problema aparece cuando esa forma de pensar se convierte en la única lente a través de la cual observamos la realidad.

Mientras un equipo comercial evalúa una oportunidad de crecimiento o un equipo de producto imagina una nueva funcionalidad, el abogado tiende, casi por reflejo, a preguntarse qué puede salir mal. Ninguna de las dos miradas está equivocada. De hecho, ambas son necesarias. El desafío aparece cuando el análisis del riesgo reemplaza a la conversación sobre el objetivo que la organización intenta alcanzar.

El rol del abogado no debería consistir en competir con el negocio para ver quién tiene razón. Debería consistir en entender primero qué se quiere lograr y, a partir de ahí, ayudar a encontrar la mejor manera de hacerlo. A veces esa respuesta será que el riesgo es demasiado alto y que conviene no avanzar. Pero muchas otras implicará rediseñar una operación, modificar un contrato o introducir controles que permitan alcanzar el mismo objetivo con un nivel de riesgo aceptable.

Hay una diferencia importante entre gestionar riesgos y gestionar decisiones.

La primera pregunta “¿qué puede salir mal?”. La segunda agrega una pregunta más: “¿cómo hacemos para que esto salga bien?”.

Esa segunda pregunta cambia completamente la conversación. El abogado deja de ser percibido como quien bloquea iniciativas y empieza a convertirse en alguien que ayuda a hacerlas posibles.

No porque ignore los riesgos. Precisamente porque los entiende y sabe cómo administrarlos.

Después de muchos años trabajando junto a equipos comerciales, financieros, tecnológicos y de producto, creo que esa es una de las transformaciones más importantes que puede hacer un abogado. No dejar de pensar en el riesgo, sino dejar de pensar únicamente en el riesgo.

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