La experiencia también puede ser un sesgo
La experiencia tiene un prestigio bien ganado. Después de todo, es difícil discutir el valor de haber visto muchos problemas, haber participado en cientos de negociaciones o haber tomado decisiones durante años. La experiencia permite reconocer patrones, anticipar consecuencias y evitar errores que alguien menos recorrido probablemente no vería.
Pero tiene un efecto secundario del que se habla bastante menos.
También puede convencernos de que el próximo problema se parece demasiado al anterior.
Es una trampa silenciosa.
Cada vez que decimos “esto ya lo vi”, dejamos de hacer algunas preguntas. Asumimos que conocemos el desenlace, que entendemos los incentivos de las personas involucradas y que el camino para resolver la situación será parecido al de otras veces. Muchas veces acertamos. Otras, no.
Los contextos cambian más rápido que nuestra experiencia.
Las organizaciones cambian. La tecnología cambia. Los mercados cambian. Incluso las personas cambian. Sin embargo, el cerebro tiende a buscar referencias conocidas porque interpretar algo nuevo exige mucho más esfuerzo que reconocer algo familiar.
La experiencia empieza a transformarse en un problema cuando deja de ser una herramienta para pensar y se convierte en un atajo para dejar de hacerlo.
Me ocurrió más de una vez. Entrar a una reunión convencido de que ya entendía el problema y descubrir, media hora después, que la discusión real era completamente distinta. No porque hubiera analizado mal la situación. Simplemente porque estaba respondiendo la pregunta equivocada.
Con el tiempo empecé a valorar mucho más la curiosidad que la certeza.
Las personas con más experiencia que conocí no eran las que tenían respuestas inmediatas para todo. Eran las que seguían haciendo preguntas como si todavía hubiera algo importante que no estaban viendo.
Hay una diferencia enorme entre confiar en la experiencia y depender de ella.
Confiar en la experiencia significa usarla como punto de partida.
Depender de ella significa convertirla en punto de llegada.
En un mundo donde las reglas cambian con tanta velocidad, esa diferencia importa.
La inteligencia artificial es un buen ejemplo. Muchas de las preguntas que hoy nos hacemos no existían hace apenas unos años. Pretender responderlas únicamente con experiencias pasadas sería insuficiente. La experiencia ayuda a formular mejores preguntas, pero ya no alcanza para responderlas todas.
Quizás esa sea una de las paradojas más interesantes de la vida profesional.
A medida que acumulamos experiencia, también deberíamos volvernos más conscientes de sus límites.
Porque el verdadero valor de la experiencia no consiste en creer que ya vimos todo.
Consiste en reconocer, con un poco más de humildad, todo lo que todavía puede sorprendernos.