Las organizaciones se construyen conversación por conversación
Cuando una empresa crece, suele hablarse de estrategia, procesos, tecnología o estructura. Son conversaciones importantes. Sin embargo, pocas veces se presta atención al material con el que realmente se construye una organización.
Las conversaciones.
No las reuniones de directorio ni las presentaciones trimestrales. Hablo de esas conversaciones cotidianas que ocurren en un pasillo, en una videollamada de quince minutos o al terminar una negociación. Son breves, muchas veces improvisadas y, precisamente por eso, suelen pasar inadvertidas.
Una organización no es otra cosa que la suma de miles de conversaciones que se acumulan durante años.
Hay conversaciones que amplían el margen de acción de las personas. Otras lo reducen. Algunas generan confianza. Otras la erosionan lentamente. Hay conversaciones que aclaran prioridades y otras que dejan espacio para interpretaciones distintas. Ninguna parece especialmente trascendente cuando ocurre. El efecto aparece mucho después.
Me interesa esa idea porque solemos atribuirle a la cultura un carácter casi abstracto, como si fuera una propiedad inherente de las empresas. En realidad, la cultura se manifiesta en cosas mucho más concretas. En cómo reaccionamos frente a un error. En qué preguntas hacemos antes de tomar una decisión. En quién habla primero durante una reunión. En qué temas evitamos discutir.
Cada una de esas situaciones es, en esencia, una conversación.
Quizás por eso nunca terminé de creer que la cultura pudiera modificarse únicamente escribiendo valores en una pared o anunciando nuevas políticas. Las organizaciones cambian cuando cambian las conversaciones que sus integrantes consideran normales.
Si en una empresa nadie se anima a decir “no entiendo”, esa frase desaparece del vocabulario mucho antes de desaparecer de la realidad. Si cada mala noticia genera un responsable antes que una solución, las malas noticias empezarán a llegar cada vez más tarde. Si hacer preguntas se interpreta como una muestra de debilidad, la curiosidad termina reemplazada por respuestas rápidas y, muchas veces, equivocadas.
Las conversaciones no solo transmiten información. También enseñan qué comportamientos son aceptables.
Es un aprendizaje silencioso. Nadie necesita explicarlo. Basta con observar cómo reaccionan los demás.
Esa fue una de las lecciones más valiosas que encontré trabajando en organizaciones muy distintas entre sí. Los procesos importan. La estrategia importa. La tecnología importa. Pero ninguna de esas herramientas logra compensar conversaciones sistemáticamente pobres.
Una buena conversación puede destrabar una negociación que parecía perdida. Puede evitar meses de trabajo en la dirección equivocada. Puede transformar un conflicto en un problema compartido. Puede generar confianza entre personas que todavía no la tenían.
No porque las palabras tengan un poder especial, sino porque las organizaciones toman decisiones a través de conversaciones. Y la calidad de esas decisiones rara vez supera la calidad de las conversaciones que las hicieron posibles.
Por eso, cuando alguien me pregunta cómo empieza a cambiar una organización, mi respuesta suele ser mucho menos sofisticada de lo que esperan.
Empieza cuando cambian las conversaciones que ocurren todos los días.
No las excepcionales.
Las de todos los días.